San Eugenio de Mazenod

 

         Obispo y Fundador,

             1782-1861 
    Su fiesta, el 21 de Mayo.
  
 


 


       Familia e infancia

     Carlos José Eugenio de Mazenod nació en Aix de Provenza, Francia, el 1 de agosto de 1782. Su padre ocupaba un importante cargo político, por lo que la familia gozaba de una posición acomodada. El pequeño Eugenio poseía un temperamento autoritario e irascible; pero también un gran corazón: en una ocasión, movido por la compasión, cambió sus ropas con los vestido harapìentos de un niño carbonero. 


     Prófugo y exiliado     



     En la primavera de 1794, para ponerse a salvo de la guillotina, la familia tuvo que huir al exilio. Eugenio tenía tan sólo 9 años. Niza, Turín, Venecia... son algunas estaciones de su calvario. En Turín pudo ingresar en el Colegio de Nobles e hizo la primera Comunión; pero en Venecia, por ser extranjero, ni tenía amigos ni podía frecuentar la la escuela. Un celoso sacerdote, el P. Bartolo Zinelli, será providencialmente su tutor y maestro. Gracias a él, Eugenio recibió una sólida educación cristiana y una profunda experiencia de fe. De allí arrancaría su vocación sacerdotal, como confesaría él mismo más tarde. Posteriormente, siempre en calidad de prófugos políticos, los Mazenod se trasladaron a Nápoles y Sicilia.  Durante su estancia en Palermo, Eugenio llevó una intensa vida social alternando con la nobleza.

     De regreso...

     Cumplidos los 20 años regresa a Francia. De vuelta a Aix, se sumerge en la borágine de las diversiones juveniles; pero aquel ambiente de superficialidad y frivolidad le aburría y hastiaba. Rechaza así mismo, algunas ofertas matrimoniales. Insatisfecho y deseoso de dar un sentido más profundo a su existencia, el 12 de octubre de 1808 llamó a las puertas del seminario de san Sulpicio, en París. Debido a su madurez y celo por las almas, en sólo tres años los superiores del seminario lo promovieron a las sagradas órdenes. Los Sulpicianos, amenazados por Napoleón, le confían la gestión del seminario, nombrándolo Rector. Era todavía diácono.


     Sacerdote y misionero


     El mismo día de su ordenación sacerdotal, el Obispo ordenante lo quiere retener al servicio de su diócesis, ofrciéndole el cargo de Vicario General. Pero él regresa a su Provenza natal para "reavivar la fe, que estaba a punto de extinguirse, entre los pobres". Se consagra a la educación de la juventud, manipulada por la ideología de la Revolución; predica en provenzal (la lengua del pueblo llano) a los criados y campesinos... Consciente de que solo no puede llegar a todo y a todos, busca compañeros animados por celo de la salvación de los pobres y los más alejados de la práctica religiosa. Con un puñado de sacerdotes, jóvenes como él, funda la Sociedad de Misioneros de Provenza, que, al romper fronteras, tomaría el nombre de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. León XII, contra todo pronóstico y pese a la oposición de algunos obispos franceses, aprobaría la nueva Congregación, diciendo: Me agrada esta sociedad; sé el bien que hace y hará y quiero favorecerla.


     Fundador y Obispo


     El celo del P. Mazenod no se limitó a su familia religiosa. La diócesis de Marsella, amenazada de supresión, lo tendrá como Obispo abnegado y emprendedor. Pero ni siquiera esa Iglesia particular limitaría su entrega. "Señores, he visto a Pablo", dijo un colega obispo tras una entrevista con él. Y es que,como Pablo, no sólo fue un apasionado por Jesucristo, sino que se desvivía por todas las Iglesia de Francia y del Orbe, animando y orientando a los Obispos Oblatos, obreros de la primera hora en las Misiones extranjeras confiadas a la Congregación.

     Pionero de la colegialidad de los Obispos, luchó denodadamente por la libertad de enseñanza hasta lograr el derecho a la clase de religión. Creó 22 nuevas parroquias, edificó numerosas iglesias —entre ellas el Santuario de Nuestra Señora de la Guardia y la misma Catedral— y durante su pontificado se fundaron o establecieron 31 congregaciones religiosas en su diócesis.


     Santo sobre todo


     Eugenio, a juicio de otro Obispo, tenía "un corazón grande como el mundo". Y el Cardenal Etchegaray, su gran admirador, se arriesga al afirmar que Mons. de Mazenod es la personalidad más destacada de la Historia de la Iglesia en Francia desde la Revolución hasta nuestros días. Pero la grandeza de San Eugenio resalta sobre todo por su "amor apasionado a Jesucristo y su  servicio incondicional a la Iglesia" (Pablo VI). Su pasión: "Enseñar a los cristianos quién es Jesucristo". Su tensión a la santidad se concretaba después en ser dócil al Espíritu y estar dispuesto siempre, como Jesucristo y María, a hacer la Voluntad de Dios. "Estaría dispuesto a patir mañana mismo a la luna, si fuera esa la Voluntad de Dios", había recalcado cuando tenía unos 30 años. A los 79 partió de su patria terrena, no para ir la luna, sino a la Patria verdadera y eterna, el 21 de mayo de 1861. 


    Fue beatificado por Pablo VI en 1975, en el Domingo Mundial de la Misiones (DOMUND), y el 3 de diciembre de 1995, fiesta de S. Francisco Javier, Patrono de la Misiones, canonizado por Juan Pablo II (Ver, abajo, la foto en el momento de pronunciar la fórmula de la Canonización).

          El carisma de S. Eugenio hoy

     Cuantos intentan revivir hoy su carisma, religiosos y laicos, que son numerosos, ¿sabrán matener encendido ese fuego, ese espíritu? En el capítulo general  de 1986, cuyo tema se enunciaba así: "Misioneros en el hoy del mundo", Juan Pablo II lanza un reto a los participantes: "La pregunta fundamental que él (el Fundador) plantea hoy a todos sus hijos, por boca del Sucesor de Pedro, es escueta e inquietante: "Jesucristo es de verdad  el corazón de vuestra vida?..."
     No sé si todos osarían reponder afirmativamente; pero los Oblatos que vienen a continuación y cuyas Causas de Canonización están en proceso, esos dijeron que sí con su vida. Sigue "pinchando" y lo podrás comprobar.
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Para saber más:

     Pida la "Petite Vie" escrita por su sucesor como Arzobispo de Marsella, el Cardenal Roger Etchegaray: Eugenio de Mazenod, Un corazón grande como el mundo, Madrid, Ciudad Nueva,1999. EUGENIO DE MAZENOD: un Santo para nuestro tiempo, original de Aímé Roche, Misioneros Oblatos, Madrid 1975 (algunas portadas llevan como título "AL RITMO DE LOS TIEMPOS"). Existe también un comic, primorosamente ilustrado por Juan Manuel Cicuéndez, titulado: "Eugenio de Mazenod, Corazón de fuego", Misioneros Oblatos, Madrid 2004 (ya hay versión en alemán y checo). Estas publicaciones y algunas más están a su dispoción en la casa provincial de los Oblatos de Madrid, y en Postulación General de Roma. Pídalos, gratis y sin compromiso.


Una milagrosa intercesión de San Eugenio


Mons. Bernardo Witte, OMI, Obispo emérito de Concepción, y  anteriormente de Rioja (Argentina), nos envía el testimonio sobre la supuesta curación milagrosa de su madre. La transcribimos tal cual a continuación.

            Cuando estudiaba allá por el año 1952 como joven escolástico en nuestra Facultad de los Misioneros Oblatos, me comunicaron telefónicamente sobre la grave enfermedad de mi buena madre. Ella sufría desde hacía años ataques biliares, pero esta vez su estado se había complicado gravemente. De inmediato me alisté y alcancé el tren más conveniente. En el largo viaje de unas cinco horas de duración, recé con angustia y esperanza varios Rosarios por la querida mamá, la cual esperaba para dentro de dos años el gran díada mi futura ordenación sacerdotal. Con cariño y gratitud admiraba y recordaba su vida sacrificada y me resultaba un grato deber rogar intensamente por la recuperación de su salud.
            En casa éramos 8 hermanos: 3 mujeres y 5 varones. Papá trabajaba incansablemente en nuestra granja agrícola. Como niños le ayudábamos con filial afecto. Media docena de vacas lecheras constituían la garantía de un ingreso financiero diario, apoyado por la producción agrícola de nuestros campos, apenas 10 hectáreas.
           La querida mamá, alta, fuerte y cariñosa, era el corazón del hogar en medio de los quehaceres diarios. Con frecuencia entonaba con su voz maravillosa alegres cánticos religiosos. Su incansable entrega a la convivencia de nuestra familia de pequeños agricultores generaba un ambiente de fe y de piedad, de responsabilidad y laboriosidad según el espíritu de la fe católica, enriquecida por una edificadora piedad mariana. La veíamos legre y laboriosa en los quehaceres domésticos valorábamos su entrega día por día motivada por su profunda fe católica y su entrañable amor a la Virgen María que nos unía vivamente. La oración diaria de toda la familia antes y después de almorzar y de cenar, como así también la fiel asistencia de cada uno de nosotros a la misa dominical constituían el fundamento de la vivencia católica, motivo y orgullo de la alegría cristiana.
           Mi hermana mayor ya era miembro de la Congregación Mariana de Schoenstadt y misionera en África del Sur. Yo también anhelaba ser misionero…
           Después de cinco horas de viaje, llegué al pueblo natal. En el hospital encontré a mi buena madre en grave estado. Sentí una profunda angustia y pena al verla tan sufrida,  dolorida y disminuida. Traté de saludarla, de apretarle la mano, de expresarle mi cariño, gratitud, cercanía, bendición y esperanza; pero la pobre permanecía insensible, ya se había desvanecido.
            Saludé y abracé con lágrimas a mi preocupado padre y a los cuatro hermanos y hermanas presentes. Ellos me informaron sobre la gravedad de la enfermedad, precisando que existía muy poca esperanza  de sobrevivir. Las beneméritas Religiosas, responsables del Hospital zonal, me explicaban con delicadeza que se había producido una grave crisis en los cálculos biliares, por ello ya le habían administrado los últimos Sacramentos. Mi buena madre estaba virtualmente agonizando. La bendije, le ponía la mano sobre la frente, expresando mi cariño y mi dolor por no poder intercambiar ni una palabra ya que ella permanecía inconsciente.
                El médico de cabecera –creyente y comprensivo- me informó con franqueza: Su madre está agonizando, ya no hay nada que hacer. “¡Uds. han de orar por  un milagro!”  Mi hermana permanecía al lado de la querida moribunda, mientras los hermanos me llevaron a la casa paterna  donde papá debía cumplir sus faenas impostergables de agricultor. 

            En casa, después del inctercamnbio de opiniones nos propusimos rezar de inmediato una Novena al Beato Eugenio, Fundador de la amada Congregación de los Oblatos a la que yo pertencía desde hacía cuatro años.Con nuestro padre y hermanos teníamos un concepto claro: ¡Sólo un milagro podía salvar a la moribunda! Debíamos orar por el milagro de la recuperación de la querida madre en tan grave estado.
            Decidimos rezar de inmediato la novena al venerado Eugenio de Mazenod. Sobre la mesa familiar colocábamos la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, tan querida por la enferma, y el cuadro de mi venerado Eugenio de Mazenod, Fundador de la amada Congregación en quien tenía tanta esperanza y veneración. Después de encender las velas del pequeño altar familiar, nos pusimos de rodillas e iniciamos el rezo del Santo Rosario y la Novena al Beato Eugenio. Con piedad filial elevamos súplicas por la moribunda, rogando y esperando por cierto la milagrosa intercesión sobrenatural, es decir, la curación milagrosa de la querida madre.
           A unos cuatro kilómetros de la casa paterna está ubicado el convento de los Padres Oblatos, con un colegio secundario de numerosos alumnos. Naturalmente esa misma noche visité brevemente a mis hermanos Oblatos, rogándoles encarecidamente que se unieran a la oración por la recuperación de la salud de mi madre. Con fraternal afecto prometieron de inmediato la ayuda espiritual y se unieron a nuestras súplicas por la enferma grave.
            Al día siguiente no había ninguna novedad, ninguna mejoría. Intensificábamos la súplica por la sanación, invitando a vecinos, parientes y amigos a unirse a nuestras oraciones.  Al tercer día de la novena cuando llegué al hospital, encontré a la querida madre sorprendentemente reanimada. Me parecía que se había producido la milagrosa sanación invocada. Exclamé espontáneamente: ¡Gracias, Dios mío, por este milagro, obtenido por la intercesión  del Beato Eugenio! ¡Muchas gracias, Señor y Dios mío! ¡Viva el Beato Eugenio!

            Los familiares me miraban con asombro, acariciando sin embargo progresivamente también ellos la expresión: ¡Éste sí que es un milagro!
            Finalmente me permito agregar: ¡No debo ni puedo ocultar ni olvidar aquella expereincia milagrosa, gracias a San Eugenio, como extraordinario signo del Amor de Dios! 
            Me camplace concluir la narración de la maravillosa experiencia, señalando que el Señor de la vida y de la muerte le ha concedido a mi querida madre la gracia de permanecer después de la milagrosa sanación en activo y feliz en medio de los suyos durante otros 30 años. A la edad de 82 años el Señor de la vida y de la muerte la llamó a mejor vida. R.i.p. 
         Eugenio de Mazenod fue canonizado por el Papa Juan Pablo II el 3 de diciembre de 1995. He tenido la gracia de participar con inmenso gozo juntamente con numerosos Oblatos provenientes de todo el mundo en aquella inolvidable CANONIZACIÓN DE SAN EUGENIO.
       San Eugenio de Mazenod, la familia Witte de corazón te decimos: ¡MIL GRACIAS!

                                                  Mons. Bernardo Witte, omi
                                                             San Martín y Carrodilla
                                                             5505 Carrodilla/Mendoza
                                                                   Argentina.